No mucho más que girar la llave y estar adentro, por fin. Encender un cigarrillo, habituarse a su hogar para quitar de su piel los restos del día común, rutinario. Un tedium vitae desganado avanzaba por sus piernas.
Lentamente entendió que no estaba despierta. Que tal vez todo ese derrotero de cosas comunes era la antesala para la escena que recordaría más tarde al despertar. Claro, quién explicaría entonces que frente a ella había estado todo este tiempo aquella Otra. Mirándola, detenidamente, desinteresadamente, o tal vez demasiado compenetrada, indescifrablemente la miraba, sentada en el piso, desestructurada, libre y esclavizante, frágil y potente al mismo tiempo, vulnerable e impenetrable, hermosa y espantosa.
“¿Quién..?” atinó a decir ella. La respuesta de la Otra sonó de una manera bastante onírica, de qué otra manera describir sino aquellas palabras que sonaban con un chirrido desgarrador, agudo, un grito en la inmensidad, en la soledad, y pájaros chillando y chispas del fuego, la distorsión de un sonido atroz y deshumanizante; todo aquel remolino de sonidos se entrelazó y sonó de la siguiente manera: “Yo soy el misterio de tus Entrañas acerca del cual nadie te advirtió, la que viene aquí a penetrarte, enmudecerte, anularte. Yo te ofrezco perderte en mis ojos, en el océano negro de mi mirada indescifrable. Nada te atará nunca así y no habrá atracción más hermosa que mi mirada, en ella ahogarás la necesidad antes de que pueda llegar a ser formulada. Te ofrezco la destrucción de todo estímulo y en mí podrás conocer la completud de la nada”. En ese hablar bizarro que ella interpretaba como palabra audible, caían de los labios de la Otra pedazos de vidrio brillante y en su piel éste reflectaba colores y luces y sombras. La Otra era una obra escénica que incluso cuestionaba lo onírico. ¿Quién podría soñarla así, si su ser se poblaba de imágenes y sonidos difícilmente transitados en la vida diurna?
Ella no cuestionó, pero al no hacerlo, comenzó a ahogarse en la mirada de la Otra. En su interior comenzó a forjarse prontamente una demanda de amor. ¿Cómo retirarse de aquella mirada? ¿Cómo concebir que esa mirada oceánica pudiera dirigirse a otra que no fuera ella? Una sensación de omnipotencia se agolpó en su garganta clausurada por la angustia. Tal vez la Otra también fuera vulnerable y frágil. Ese cuerpo desarticulado no podría nunca soportar aquel océano. De un momento a otro, la observó con ansia, con sed de ella. Ella era la respuesta a todo cuestionamiento, y todo lo demás desaparecía en su mirada negra, infinita. “Puedo ofrecértelo todo”. Y lo único que quería ella era fundirse con la Otra, no confundirse en ella porque confundir ya implica que hay por lo menos dos. No, fundirse en la Otra, desaparecer en su inmensidad abrumadora, frágilmente peligrosa.
Se incorporó y abandonó su antiguo ser, como una piel descamada, quedó su porte y su olor en esa silla, el cigarrillo consumido y el sabor de la rutina. Se levantó toda ella, ofreciéndose entonces completa, su latir vivo, rojo, sangrante, sus entrañas, todo era para la Otra, que la miraba monstruosamente, pero desparramada en el suelo con aquel cuerpo frágil de niña desvalida, destruida, inservible. La carcomió un deseo de protegerla, de cuidarla, quiso abarcarla, absorverla, beberla, incorporarla para sí. Quiso todo eso. Pero cada paso que daba hacia ella parecía alejarlas más.
Despertar fue morir un poco.
Lentamente entendió que no estaba despierta. Que tal vez todo ese derrotero de cosas comunes era la antesala para la escena que recordaría más tarde al despertar. Claro, quién explicaría entonces que frente a ella había estado todo este tiempo aquella Otra. Mirándola, detenidamente, desinteresadamente, o tal vez demasiado compenetrada, indescifrablemente la miraba, sentada en el piso, desestructurada, libre y esclavizante, frágil y potente al mismo tiempo, vulnerable e impenetrable, hermosa y espantosa.
“¿Quién..?” atinó a decir ella. La respuesta de la Otra sonó de una manera bastante onírica, de qué otra manera describir sino aquellas palabras que sonaban con un chirrido desgarrador, agudo, un grito en la inmensidad, en la soledad, y pájaros chillando y chispas del fuego, la distorsión de un sonido atroz y deshumanizante; todo aquel remolino de sonidos se entrelazó y sonó de la siguiente manera: “Yo soy el misterio de tus Entrañas acerca del cual nadie te advirtió, la que viene aquí a penetrarte, enmudecerte, anularte. Yo te ofrezco perderte en mis ojos, en el océano negro de mi mirada indescifrable. Nada te atará nunca así y no habrá atracción más hermosa que mi mirada, en ella ahogarás la necesidad antes de que pueda llegar a ser formulada. Te ofrezco la destrucción de todo estímulo y en mí podrás conocer la completud de la nada”. En ese hablar bizarro que ella interpretaba como palabra audible, caían de los labios de la Otra pedazos de vidrio brillante y en su piel éste reflectaba colores y luces y sombras. La Otra era una obra escénica que incluso cuestionaba lo onírico. ¿Quién podría soñarla así, si su ser se poblaba de imágenes y sonidos difícilmente transitados en la vida diurna?
Ella no cuestionó, pero al no hacerlo, comenzó a ahogarse en la mirada de la Otra. En su interior comenzó a forjarse prontamente una demanda de amor. ¿Cómo retirarse de aquella mirada? ¿Cómo concebir que esa mirada oceánica pudiera dirigirse a otra que no fuera ella? Una sensación de omnipotencia se agolpó en su garganta clausurada por la angustia. Tal vez la Otra también fuera vulnerable y frágil. Ese cuerpo desarticulado no podría nunca soportar aquel océano. De un momento a otro, la observó con ansia, con sed de ella. Ella era la respuesta a todo cuestionamiento, y todo lo demás desaparecía en su mirada negra, infinita. “Puedo ofrecértelo todo”. Y lo único que quería ella era fundirse con la Otra, no confundirse en ella porque confundir ya implica que hay por lo menos dos. No, fundirse en la Otra, desaparecer en su inmensidad abrumadora, frágilmente peligrosa.
Se incorporó y abandonó su antiguo ser, como una piel descamada, quedó su porte y su olor en esa silla, el cigarrillo consumido y el sabor de la rutina. Se levantó toda ella, ofreciéndose entonces completa, su latir vivo, rojo, sangrante, sus entrañas, todo era para la Otra, que la miraba monstruosamente, pero desparramada en el suelo con aquel cuerpo frágil de niña desvalida, destruida, inservible. La carcomió un deseo de protegerla, de cuidarla, quiso abarcarla, absorverla, beberla, incorporarla para sí. Quiso todo eso. Pero cada paso que daba hacia ella parecía alejarlas más.
Despertar fue morir un poco.