no se qué buscaba
cuando encontré tu nada
encarcelada en recuerdos
corría con los ojos muertos
hacia tus brazos de hidra
a modo de ofrenda a un dios pagano
iba yo con una lanza en mi mano
y mi corazón rojo en un plato
pero iluminada por la providencia
justo en el medio del camino
sufrí un apaciguamiento repentino
y detuve mis pies de artemisa
vi a mi antigua piel que sin ojos corría
vi a tu lengua de serpiente verter hiel
vi a tu boca moverse en sintonía
enunciando frases enmohecidas
vi a la hidra devorar y a mi piel sangrar
pero yo no estaba allí, ya no
lunes, 20 de febrero de 2012
lunes, 9 de enero de 2012
La cárcel de cajoncitos
Una habitación de 6 metros de alto. Cuatro paredes forradas de pequeños cajoncitos de madera. Ninguna ventana. Una mujer. Un hombre. Se distraen, se abrazan, se ríen. Fuman un cigarrillo a medias. El hombre fija su atención fuera de la escena. Se da media vuelta y le da la espalda a la mujer, que súbitamente pone un gesto sombrío. Un cajón se abre de repente a sus espaldas a la altura de su cabeza y la golpea. El cajón contiguo se abre asimismo. Tres más. De los cajones emergen figuras incorpóreas y dan giros y vuelcos alrededor de la mujer, que baja la cabeza. Las figuras fantasmales se arremolinan en torno de ella. Se logra vislumbrar que muchos de aquellos espectros son ella misma, el hombre que se dio la media vuelta, pero también otros sujetos que no pertenecen a la escena presente. La mujer, abatida, intenta cerrar los cajones inútilmente, pues no ha terminado de salir lo que contienen en su interior. Con una mirada cansina anhela una ventana, la busca, como inventándola. El hombre, que no ha escuchado ni visto nada, vuelve a dar la vuelta con una sonrisa, quedando ahora de frente a la mujer. En ese movimiento, los cajones se cierran raudamente, la humareda de voces y cuerpos fantasmales desaparece en sus pequeños interiores de fieltro y la mujer ensaya una sonrisa que esboza la ventana en su boca.
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